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EL BALNEARIO MUNICIPAL Y LA POZA CHICA DE ANTOFAGASTA

“Este mar azul nuestro de cada día que no envejece y tiene historia y vida propia. Que nació como “Baños de Mar”, en su infancia y juventud fue conocido como los "Baños Municipales" y hoy en su madurez lo llamamos el "Balneario Municipal". Playa humilde y que cada verano nos entrega alegría, diversión, refresco, paisaje y belleza que solo los nortinos de corazón apreciamos en cada una de sus horas magicas”


Por Ricardo Rabanal Bustos

Nacemos mirando y oliendo al mar. Su bruma cubre la noche y su brisa refresca el día, no importa la estación del año que sea, allí estaremos siempre. Todo paseo, desde el familiar hasta el escolar, va a parar al mar. Pareciera que no tenemos otra parte dónde ir. Estamos atrapados por el desierto y sólo nos podemos arrancar por la orilla, allí entre olas y espuma: Changos, Pampinos, Mineros y gente del desierto, junto a nosotros, se sacuden el sol y limpian la puna que marca sus vidas, refrescándose en la sal del océano.


Para el año 1921 Antofagasta se preparaba para recibir una gran noticia, corría el mes de diciembre y el verano estaba en pleno apogeo sin respetar las fechas del calendario o el solsticios que marcaría el inicio oficialmente de un verano que comenzaba meses antes en la Antofagasta de antaño. El mar y solo el mar parecía clamar los dolores de cientos de desempleados o “desenganchados” que con tremenda tristeza e incertidumbre abandonaban las decenas de oficinas salitreras que comenzaban a cerrar sus faenas para dar inicio a una década marcada por la desesperanza, infortunio, desempleo y matanzas obreras que marcaría a Chile y su historia salitrera de por vida.


Por otra parte la ciudad, de la mano del alcalde modelo, don Maximiliano Poblete Cortes luego de varias conversaciones y demostrando el histórico Edil todo su peso y destreza política ... y amor por la ciudad de Antofagasta, convenció a los “Caciques del Mapocho”, en permitir que algunos recursos económicos de las millonaria obras de la construcción de nuevo puerto fiscal de Antofagasta que se desarrollaban sin contratiempos y con todos los adelantos y tecnologías más avanzadas de la época, sirvieran de base para las nuevas obras de lo que iban hacer los “Baños Municipales de Antofagasta”. Este nuevo puerto que permitiría el abrigo seguro de buques de mayor calado y su estivación mecánica y en menor tiempo, además de descontaminar la bahía urbana de la ciudad de los escombros y basura flotante de veleros y vapores que llegaban a la costa por la marea, y además, de liberar la carga apilada sin orden y respeto para los ciudadanos en las calles más céntricas de la ciudad, vecinos que debían esquivar y protegerse del acopio irresponsable de la carga a la espera de ser embarcada a los puertos del mundo.


Una de las primeras peticiones del alcalde y su cuerpo regidores fue solicitar que algunas de las rocas de gran tamaño seleccionadas para el futuro puerto de Antofagasta y maquinaria industrial se usará para la construcción de la puntilla de abrigo de la que sería conocida como la poza grande y otra puntilla más pequeña que daría vida a la poza chica. Ambas playas más bien rústicas y carentes de arena de arena fina, daría vida a lo que serían conocidos por los vecinos en los próximos 80 años como los baños municipales. Estos baños de mar fiscal, humildes, de todos, bien construidos, seguros y con un profundo sentido democrático de una pertenencia comunitaria que todos debían cuidar para disfrutar, han servido a la ciudad hasta la fecha por más de 101 años. Si bien el balneario municipal tuvo una importante remodelación el año 2002. Remodelación que no respetando la memoria histórica de una ciudad, y que hizo desaparecer de un “plumazo de nuevo diseño” la querida poza Chica de Antofagasta.


Este balneario nuestro, artificial, rocoso, algo pequeño para los estándares de hoy, en las noches iluminado con nostálgicas luces que a duras penas le gana a la oscuridad que se dejan caer en la costa antofagastina, sigue siendo nuestra preferencia como hijos de esta tierra y el lugar obligado de turistas por sus calmadas aguas, ideales para el refresco salino y la natación deportiva. En sus alrededores existen múltiples restaurantes y bares que animan buena parte de la vida nocturna de la ciudad, además de un paseo conocido como puntilla que se interna hacia el océano en cuyo final, sobre una plataforma de hormigón que ingresa varios metros a la bahía, varios jóvenes han ensayado clavados por años y años.

Recorriendo la orilla de Antofagasta que da p'al mar (la otra da p'al cerro y la basura), veremos en cada poza un niño bañándose feliz y en cada roca, una carpa de sacos de harina levantada como muestra indesmentible de que los antofagastinos somos así, locos por el mar. Desde pequeños nos pegamos cabezazos con las piedras del fondo o nos enterramos erizos en los pies o pasamos susto en la Portada con sus mortales corrientes marinas que nos obligan a patalear desesperados a la orilla. Es que el mar en todo tiempo atrae, hasta en invierno con marejadas y todo, si no pregúntenle a los pescadores deportivos, que "capiando" tumbos, oscuridad y frío, pescan en toda la costa, el puerto fiscal o en alguna caleta o calentón de la costa antofagastina.


En verano, cerca de las dos de la tarde, comienzan a despoblarse los cerros, es la familia que viene a la playa, (en la mañana han ido sólo los más jóvenes) todos en trajes de baños y vestimentas tropicales, con termos, quitasoles, toallas, cámaras gigantescas (infladas más de la cuenta, para evitar la equitativa distribución del aire, concentrándose así en un solo lado a manera de proa), pelotas, baldes, paletas, cremas y gorros diversos, además de una gran cantidad de diversos adminículos inimaginables en cuanto a su cantidad, función o utilidad para la playa, pero todos debidamente resguardados por el perro de la casa, quien es el guardián oficial de todo paseo playero que se precie de tal.


En la playa misma, comienza la lucha por conseguir un lugar con arena, preciado y extinto elemento en las playas antofagastinas, casi tan escaso como agua de mar sin roqueríos, o fundición sin humo, pero eso no importa, entre el calor quemante, los juegos de paletas, con pelotas que rebotan o se pegan. Años atrás las pelotas sólo sabían rebotar, ahora aprendieron a adherirse dócilmente, a un disco. ¡Qué gracia tiene eso! ya que sólo basta interceptar su trayectoria y el disco hace lo demás. Dónde quedó la destreza que significaba interceptar, atajar y controlar un balón, eso era nuestra diversión cuando chicos, más aún cuando se escapaba y golpeaba a alguna gorda tendida en la playa y que luego de retarnos se negaba a devolver el balón. Ya no se juega así, ya ni gordas quedan en la playa, en fin el tiempo pasa y las cosas cambian. Bien regresemos a la playa, falta soportar las destrezas futbolísticas, los perros bañistas y los vendedores insistentes, para así disfrutar verdaderamente del verano y del mar. Es que los nortinos no somos para nada exigentes, si hasta nos reímos cuando nos damos un costalazo en las tablas húmedas de la balsa, (otros pensarían en demandar a la municipalidad). Después de varios chapuzones, lolas hermosas, clavadistas espectaculares, que de vez en cuando salen con la cabeza rota, castillos de arena y olas respetables, es hora del tecito playero. ¿Ha tomado Ud., un té más rico que el preparado en la playa?. La primera en hacerlo será la guagua o la abuela, participantes indiscutidas de todo paseo que se diga familiar, después los demás, muestra indesmentible de que en la sociedad chilena, aún respeta a los niños y ancianos, por lo menos eso creo. De repente no falta el cabro chico que ensucia el pan con arena o empuja a la guagua, Chiquillo de moledera, ¡no te traigo más a la playa!... por lo menos hasta mañana.


Cuando sube la marea y moja las toallas, ya es tiempo de regresar a casa, estamos helados como paleta, el viento de la tarde comienza a soplar, los pescadores se adueñan de la orilla y con ellos las gaviotas de mirada expectante, que cobrarán su ración. Se nos terminaron los víveres, se agotaron los juegos y se aburrieron los niños, el sol busca la profundidad del océano pacifico, guardamos todo, levantamos campamento, preparamos equipajes y partimos. El camino es largo y cerro arriba y las micros y liebres serpentearan su camino, al final llegaremos a casa tan acalorados como partimos. Ya es noche, no importa mañana será otro día de playa para bañarse en nuestro inolvidable y eterno Balneario Municipal de Antofagasta...Gracias don Maximiliano.


Ricardo Rabanal Bustos Magíster en Educación Profesor de Historia y Geografía Profesor Orientador, Historiador y Cronista.


Revisa la galería con la selección de las mejores fotos del Balneario Municipal y la desaparecida Poza Chica.


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