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[COLUMNA] | LA DEMOCRACIA NECESITA PARTIDOS DE VERDAD

Pedro Araya Guerrero, Senador Región de Antofagasta

El hecho de que yo sea independiente, como opción personal y porque creo que así he servido con total autonomía a nuestra región, no me impide reconocer el papel fundamental de los partidos políticos en cualquier democracia.


Lo quiero decir ahora, cuando parece que el desprestigio de los partidos no ha hecho otra cosa que acrecentarse en los últimos años y cuando ahora aparecen con su peor rostro en nuestra región.


He afirmado que en el llamado “caso convenios”, lo mejor que puede pasar es que conozcamos toda la verdad para así poder realizar las rectificaciones que sean necesarias, tanto en la administración pública como en las organizaciones políticas.


Sin embargo, parece comparativamente más fácil que el Estado se recupere de este ataque tan severo a la transparencia y a la probidad, en particular porque ya se había adelantado mucho camino mejorando la legislación existente. Las enmiendas se pueden hacer, las sanciones son aplicables una vez realizadas las investigaciones del caso y los errores cometidos pueden no volver a cometerse al subsanar las fallas administrativas que facilitaron la acción concertada de algunos inescrupulosos.


Pero creo que todos tenemos la sospecha de que tener el tipo de partidos políticos que la democracia chilena necesita será algo más difícil de alcanzar. Esta claro que la autopercepción de superioridad moral no inmuniza a nadie contra las malas prácticas.


Sorprende que este tipo de situaciones las protagonicen individuos muy jóvenes, pero que han asumido las peores prácticas del pasado. Peor aún, tal parece que la vinculación de personas de un mismo partido para sacar beneficios del dinero de todos los chilenos es muy cercana a su instalación en puestos de poder dentro del Estado. Con una rapidez asombrosa repitieron como alumnos aventajados el tipo de comportamiento que habían reprochado a los demás, como quien dice, el día anterior.


Me parece que hay tres elementos que se le puede exigir a los partidos para asegurarnos de que estén siendo un aporte a nuestra convivencia democrática.


Primero, los partidos han de hacerse responsable de los militantes que los representan en los puestos públicos. No es cosa de que cuando una persona delinque o traicione la fe pública, la organización que lo avaló se pueda lavar las manos como si fuera la cosa más normal.


Si uno ve ahora lo acontecido con RD, verá que es una tienda política que está compitiendo con todos los demás en reprochar a quienes actuaron en su nombre por su comportamiento. Pero estos no llegaron a sus puestos sino fuera porque ellos los pusieron allí.


De modo que tienen que dar garantías de que están presentando personas formadas, con principios éticos, probados en la realización previa de tareas cumpliendo con normas de probidad. Los partidos son los únicos que no pueden decir, como ha señalado el presidente Boric, “no pongo las manos al fuego por nadie”.


Es más, nadie llega al Estado e instala una maquinaria para derivar dineros a sus bolsillos sin seguir patrones de conducta aprendidos, tal como parece ser en este caso, puesto que la costumbre de unir fundaciones con gasto con fines políticos ha acompañado a RD desde muy temprano.


Segundo, los partidos deben dar garantías de estar compuestos por personas que se apoyan y asisten mutuamente, por lo mismo que son capaces de establecer un control entre pares, una garantía cruzada de que los fines para los que el partido fue creado no han derivado a otros propósitos. Si los partidos no pueden responder por la conducta de sus dirigentes, entonces dejan de tener una razón de ser.


Tercero, los partidos deben demostrar profundidad de pensamiento, capacidad para elaborar propuestas, ser capaces de establecer una posta entre generaciones que establecen un estilo de hacer política reconocible por los demás. Si llegan a ser una asociación de individualidades con el único propósito de maximizar las posibilidades electorales de cada asociado, no agregan ningún valor con su existencia.


En el fondo, un partido se justifica porque asumen responsabilidades colectivas, sus miembros se apoyan entre sí y son escuelas de pensamiento y acción democráticas.


Por eso es tan dañino cuando lo que se conforma aparentan solvencia ética cuando en realidad encubren la búsqueda de intereses personales presentados con las más bellas justificaciones.


Por eso es tan revelador que, cuando uno de sus miembros cae en desgracia no hay quien se acuerdo de ellos y son tratados como parias. No hay compañerismo entre los que solo están unidos por la oportunidad de obtener ganancias.


Por eso se pueden encontrar en la actividad política tantos personajes sin densidad ni planteamientos de fondo, para los cuales la imagen lo es todo y el deseo de aportar al país está tan ausente.


La política es una actividad seria, noble y una posibilidad concreta de servir al bien común de nuestra comunidad. Hoy día están pasando muchos por una dura prueba por privilegiar las apariencias por sobre los compromisos reales con la gente a la que dicen servir. Esperamos sinceramente que muchos pasen esta prueba y sirvan a Chile como se merece.

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