A 35 años de la tragedia: El aluvión que cambió para siempre el rostro y la memoria de Antofagasta
- Radio Antofagasta Online
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La madrugada del 18 de junio de 1991, una lluvia sin precedentes en el desierto más árido del mundo desencadenó una catástrofe que dejó 91 fallecidos y miles de damnificados.

Eran las primeras horas de un 18 de junio que parecía ordinario, hasta que el cielo del desierto se rompió. En menos de tres horas, cayeron entre 23 y 42 milímetros de agua, una cifra impensable para una zona acostumbrada a la aridez extrema. El resultado fue devastador: el agua activó las quebradas de la Cordillera de la Costa, arrastrando barro, rocas y escombros que sepultaron barrios enteros y cobraron la vida de 91 personas, dejando además a 19 desaparecidos y a miles de familias sin hogar.
Una trampa geográfica y climática
Según investigaciones históricas y expertos meteorológicos, lo ocurrido hace más de tres décadas no fue una casualidad, sino una combinación fatal de factores. Bajo la influencia del fenómeno de El Niño, las intensas precipitaciones se encontraron con una geografía hostil: pendientes pronunciadas, suelos secos que no absorben humedad y la total ausencia de vegetación. Esta configuración convirtió las quebradas en cauces violentos que bajaron hacia la ciudad con una fuerza imparable, transformando a Antofagasta en una trampa mortal para sus habitantes.
Héroes entre el barro
En medio de la oscuridad y el colapso de las comunicaciones, la solidaridad y el coraje local fueron los únicos faros de esperanza. La radio desempeñó un papel crítico; emisoras como Centro FM, con la voz de Jorge Soto y el trabajo técnico de Víctor Pastén, se convirtieron en el único puente de información para una población aislada y aterrorizada. En el terreno, el Cuerpo de Bomberos de Antofagasta protagonizó una de las jornadas más heroicas de su historia, arriesgando vidas para rescatar a ciudadanos atrapados entre los escombros y el lodo.
Una herida abierta y una advertencia vigente
A 35 años del desastre, la herida sigue abierta en el corazón de los antofagastinos. Si bien la ciudad ha construido importantes obras de mitigación y ha mejorado su conocimiento técnico, el riesgo persiste. El crecimiento urbano descontrolado hacia las zonas de quebradas y sectores de alta vulnerabilidad mantiene en alerta a los especialistas.
La lección de 1991 es clara y permanente: la memoria histórica es la principal herramienta de prevención. En Antofagasta, cuando las nubes se ciernen sobre la costa, no basta con mirar al cielo; es imperativo observar el territorio y recordar que la historia del aluvión es un recordatorio de que la naturaleza siempre reclama su cauce.



