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[GALERÍA] El Galeón. Un barco que aún navega en los recuerdos y memoria de los Antofagastinos

Fotografías, videos, historia y una columna del profesor Ricardo Rabanal Bustos

La historia – mitad mito y mitad leyenda - nos dice que, por el año 1956, ya se hablaba de un Galeón en Antofagasta, que luego de haber hechos largas travesías por el océano y haber servido a una desaparecida empresa comercial, se encontraba totalmente abandonado a orillas de la playa, la propietaria era una familia que no pudo o ya no quiso volver a reflotarlo.


Este navío es adquirido por un conocido empresario local de nombre Juan Castillo, quien (literalmente) lo salva del progresivo deterioro que lo afecta y decide convertirlo en un novedoso lugar de entretenimiento.


En un principio, este barco estuvo ubicado donde termina la calle Bolívar, pleno centro de Antofagasta, a orillas del mar y a un costado del muelle fiscal. Era bar, restaurante y también Discoteca, un lugar muy visitado por el público especialmente los fines de semana y que se transformó en un “Gran atractivo Turístico” para la región. Lugar de reunión familiar y punto obligado del escaso turismo de aquella época.


El Galeón duró en el centro hasta el año 81-82 año en el que fue trasladado al sector norte de Antofagasta, al sector conocido como Playa El Trocadero, donde quedó montado sobre una sólida base de piedras y cemento.


En el lugar, siguió funcionando como Bar Restaurante y se accedía a él a través de un puente de madera pintado de blanco que permitía un ingreso ordenado y en un cálido ambiente familiar. Pese al lugar, la gente lo convirtió en su favorito y La Playa “El Trocadero” comenzó a ser conocida por los veraneantes como la "Playa del Galeón", más, la lejanía y el sector hicieron decaer el negocio hasta que tuvo que cerrar definitivamente sus puertas, quedando uno de sus marineros a su cuidado.


No hubo interés por parte de las autoridades de la época por dar un verdadero y definitivo impulso a los proyectos turísticos de entonces, por lo cual esta reliquia quedó en total desamparo y destinado a un trágico final.


La playa en la cual se encontraba no contaba con algún tipo de iluminación o de protección y en las noches, bajo el alero de la oscuridad sirvió para amparar todo tipo de vandalismo.


En sus últimos días de existencia, el Galeón de Antofagasta se convirtió en una guarida de drogadictos. Fue así, como en un momento y en tan solo unos minutos, este hermoso navío desapareció entre las llamas producto de una quema, controlada por bomberos a petición de la Junta de Vecinos de las Rocas, para evitar que siguiera siendo guarida de drogadictos y tomadores.


EL GALEÓN DE ANTOFAGASTA. (Por Ricardo Rabanal)


"Un barco de madera que dejo de navegar por los mares Antofagastinos, para comenzar a hacerlo en los recuerdos maravillosos de nuestra pasada y tranquila juventud".


¿Sabían que el Galeón está abandonado?, le pregunté hace algunos años a mis amigos y colegas Bomberos, en la Segunda Compañía de Bomberos de Antofagasta... No teníamos ni idea!, me respondieron casi a coro. Así es no más. Una mañana camino a la playa me acerqué para mirarlo de cerca, una niñita sacaba una gruesa cadena con candado de una puerta con rejas de madera.


Los eslabones rasparon los palos y sonó como serrucho ronco, acto seguido me dio una mirada un poco despectiva, para luego subir a bordo, ¿Para qué si el barco está solo, casi abandonado, en tierra y a la deriva?, pensé. Parece que vive gente a bordo, me gustaría preguntarles si tiene fantasmas este barco maravilloso. Toda embarcación que se precie de tal, debe tenerlos, o si no, ¿Qué historias se contarán de ellos? Este Galeón no sé si tiene fantasmas o “penaduras”, habría que preguntarle a los que hoy viven allí. Pero sí algo tiene que tener este Galeón de noble memoria y escandalosa arboladura, son recuerdos.


Recuerdos de los que un día lo abordaron con más pasión y amor que piratas y corsarios contemplando doblones de oro Español robados de las Indias.

Era el tiempo en que las discotecas del sector sur estaban por existir. Ese tiempo en que la bohemia Antofagastina se agrupaba en el centro de la ciudad y algunas en el barrio bellavista. Ese período maravilloso de transición hacia esta actual modernidad multicultural, que llega incluso a las pistas de baile o simplemente el tiempo de nuestra "pasada juventud".


Desde la casa que arrendamos por años en la calle Atacama, al caminar una cuadras por la Avenida Argentina en dirección a calle Sucre, lo veía cuando estaba en Balmaceda al final o comienzo de Sucre, me parecía inmenso, boyante, casi místico, recién varado del mar, con su tripulación de Piratas o Corsarios a punto de saltar a tierra firme, sable en mano, con parche en el ojo y pierna de palo, sin piedad en busca del oro blanco Pampino y de más de alguna damisela del desierto. Nunca lo imaginé de otra forma, tenía que ser un galeón pirata, aventurero y valiente, sin Dios ni ley, casi al margen de código alguno. Tal vez nuestros padres lo veían igual, por eso lo tenían censurado a los cabros chicos, "Es un antro de perdición, lleno de hippies y coléricos, que después salen a correr en sus Austin Minis o Fiat 600 o en sus veloces y ruidosas motos negras BMW por toda la ciudad, atropellando niños o pacíficos ciudadanos" comentaban las nuestras madres, a modo de reproche, protesta y advertencia, para algún infante osado y desobediente que se atreviera a caminar rumbo al embarque o enganche como tripulación de tan terrible nave naval de negruzca reputación.

Recuerdo muy bien el primer día que lo abordé, fue una mañana de domingo con mi primer amor. A ella y a mí nos dieron permiso (por separado), para ir al desfile en la Plaza Colón de Antofagasta. Antes, ya de acuerdo, nos encontramos en el majestuoso Mercado Municipal, entre lechugas, papas y frutas de la estación, nosotros imaginamos que caminábamos por las florerías más bellas del romántico Paris.


Caminamos de la mano hasta la plaza Colon a ver el desfile y luego de repente, en una acción de rebeldía y desobediencia a nuestros Padres y a la sociedad entera, corrimos al Galeón!. Allí nos besamos al sol de mediodía, en las mesas que tenía el barco al aire libre, hacía calor, le invité una coca cola. “La chispa de la vida” en esa época. Eran harto caros los refrescos para un estudiante, no importa lo disfrutamos igual, luego pedimos permiso para abordado, tomados de la mano, entramos. Ella, la cautiva más bella por sobre todas las estrellas del desierto juntas en noche despejada me acompaño. El interior de la nave era mas bien oscuro, con cojines de esponja y asientos por todas sus barandas. Ella se veía hermosa, radiante, tenía apellido francés, carnicería en el mercado, un perro pequinés y tres hermanos mayores buenos para los puñetes, que se los aforraban a cualquiera que mirara a su hermana, yo por suerte no me achicaba con nadie, era rápido de manos y de piernas en caso de “emergencia” y con mi amigo Eduardo no nos disminuíamos ante nadie. Más besos. Se pasó la hora y llegó una pareja mayor, cerro ventanas, oscureció el puente, nos dio susto, mejor nos bajamos…. no importaba ya, el pololeo estaba sellado. Caminamos abrazados por la calle Prat, para nosotros atardecía, (Eran las tres). Las horas sólo hacían más intenso el amor, le anunciábamos a Antofagasta que éramos pololos, nada ni nadie podía separarnos, excepto sus hermanos, su abuela, su madre o la mía. Pero en definitiva, fue sólo el tiempo y la vida, quien nos dio caminos diferentes. Cerca de su casa nos despedimos, cada uno llegó por calles distintas. Nadie debía saber de nuestro amor, aunque dicho secreto era ya conocido por su familia, la mía, mis amigos, los de ella, además de las vecinas del barrio que ese día domingo bajaron a comprar a la feria que se instalaba en a un costado del Mercado Municipal, pero eso después poco importó, sólo los dos importábamos.


Con la salida de ese domingo, el galeón había dejado de ser un lugar prohibido, por lo menos los domingos en la mañana! Además podíamos contarle a los amigos como era en su interior, decíamos conocer cada cuaderna y claraboya de este coloso del mar en tierra anidado en tierra, conocíamos los ocultos secretos que en las largas horas de pololeo juvenil, el buque nos reveló, y podíamos contárselos a los amigos en detalle, aunque no en forma muy fidedigna, derecho reservado sólo a los aventureros como nosotros.


Pasó el tiempo, mucho tiempo, ella sigue tan hermosa como siempre, no sé si en el mismo barrio, yo me cambié p' al norte al igual que el Galeón. Esa mañana al ver sus viejos maderos al sol y su arboladura casi en el suelo, lo vi harto arruinado, mohoso y medio apolillado, si hasta tiene la botavara p'a bajo.

Sólo espero que a mí me haya ido mejor que a él.


Finalmente contara la historia que este magnífico navío llego a instalarse en la memoria colectiva de los Antofagastinos por una casualidad. Se dice que Don Sergio Reyes, un hombre enamorado y soñador de la vida era el propietario original de esta embarcación que comenzó su vida de navegante marino como una barcaza salitrera de solidas cuadernas y nobles maderas que recorrió la costa y los muelles de la ciudad, mar adentro con el maravilloso y magnifico Salitre cargado en sus entrañas, conoció en carne propia el oficio del mar y de los cargadores de salitre, estos estibadores de hierro que en sus espaldas se apoyó la riqueza de Chile . Según la leyenda, una tarde de domingo mientras Don Sergio hacia un asado con su familia al costado del barco ya varado al lado del Club de Yates, se detuvieron unos turistas “Grigos” que querían almorzar pensando que era un restaurant temático. Ese fue el puerto de zarpe para una gran idea comercial que implemento y llevo a cabo el destacado y visionario comerciante antofagastino Don Juan Castillo A, quien además fue el inspirador y propietario de los recordados locales: El Arriero, El Edén, Apoquindo, La Fuente Alemana, Las Mil Delicias, Grill Americano, Electro Schop y la Serenense donde, según mi Madre y mi Tia Chelita de Chuquicamata, vendían los mejores picarones de Antofagasta.

Con el tiempo y la aparición de nuevos proyectos recreativos, en el sector sur de la ciudad, los días del Galeón de Antofagasta, estaban contados y se realizaron todos los esfuerzos para darle una nueva oportunidad a tan místico barco de rojas maderas y blancas velas de gran metraje. Fue así que Don Boriz Bizyar, instalo El Galeón en la playa “El Trocadero", del sector norte de la ciudad... funcionó por un tiempo mientras fue novedad... pero las cuentas llegaron, el público no fue suficiente, los números no dieron y este magnífico barco, con el tiempo fue hundido en un mar de fuego por el abandono y la maldad de unos vándalos sin corazón ni memoria, que jamás dimensionaron la historia magnifica y mágica del Galeón de Antofagasta.


Con el ultimo fuego que extinguieron los bomberos de Antofagasta sobre sus maderas y cubiertas, se extinguió también un maravilloso capítulo de los emprendimiento comerciales del norte que este barco resguardo en sus corazón de vieja embarcación Maulina. Cayeron con sus cenizas los fantasmas de los hombres y mujeres del salitre, las risas y luces de un puerto Antofagastino en diversión e ido en un último vapor a tierras lejanas de ultramar. La visión empresarias de los emprendedores del desierto y la nostalgia bendita de una ciudad que encontró en las cubiertas y salones navales de este buque, el amor de su vida.

Fraternalmente.-


Ricardo Rabanal Bustos. Magíster en Educación Profesor, Historiador, Cronista Voluntario C.B.A. N°2272.

Antofagasta, 27 de enero 2021

Galería de "El Galeón de Antofagasta


Videos Tuna Universitaria de la Universidad de Antofagasta, año 1987.

Gentileza Eduardo Guggiana



Fotografías

Algunos integrantes de Música Libre en el Galeón Discothec-Restaurant de Antofagasta, año 1972
Algunos integrantes de Música Libre en el Galeón Discotheque-Restaurant de Antofagasta, año 1972





























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